Entradas

RELATO MIEDO DE INFANCIA

 De niña siempre tuve un miedo irracional: estaba convencida de que, al apagar la luz del pasillo, una figura oscura se quedaba allí quieta, mirándome desde el fondo. A medida que crecí, aprendí a llamarlo “imaginación”. Lo archivaba entre los temores absurdos de la infancia… hasta la noche en que regresó. Todo comenzó con un golpe seco en la casa, un sonido hueco que retumbó como si algo hubiese caído. Era casi medianoche y yo estaba sola. Me levanté para revisar, intentando convencerme de que no era nada. Pero al salir al pasillo, la luz comenzó a parpadear con una lentitud inquietante, como si alguien tocara el interruptor desde dentro de la pared. Entonces lo vi. Una sombra alta, demasiado delgada para ser humana, se recortaba en el extremo del pasillo. No se movía. No respiraba. Solo estaba ahí, exactamente donde la imaginaba de niña. Y lo peor fue reconocer su silueta: idéntica a los dibujos que hacía cuando trataba de explicar mi miedo. Hombros caídos. Cuello largo. Un espac...

Redacción de la imagen del hueco

Imagen
Redacción de la imagen del hueco  La imagen muestra una calle llena de gente y, en medio del paso peatonal, un hueco perfectamente abierto, tan extraño que nadie entiende quién lo dejó allí. Todos lo ven, todos hablan de él, incluso los noticieros repiten que es peligroso… pero aun así, siempre alguien cae. Abajo se alcanzan a ver objetos perdidos: monedas, bolsas, fotos, cosas que la gente deja sin querer. Y también se distingue una sombra, alguien que parece estar allí desde hace tiempo. En la escena, una mujer joven camina ya lejos del hueco; pasó por encima de él sin darse cuenta, casi por suerte. Detrás viene una señora mayor, más lenta, más vulnerable. Ella no ha visto el agujero y está a un solo paso de caer, como tantos otros que han tropezado sin culpa. La tensión del momento está justo ahí: la joven sigue avanzando sin mirar atrás, mientras la señora, que confía en el camino de siempre, se acerca peligrosamente al borde. Y el hueco, silencioso, parece esperar a su próxima...

Monstruo doméstico

Imagen
Monstruo doméstico  El Enredaluz En mi casa vive un monstruo llamado El Enredaluz, una criatura hecha de cables enredados y sombras parpadeantes que respira detrás de cada pantalla. Se alimenta de nuestra atención, y cada vez que me acerco al celular, siento su presencia, como un brillo frío en la nuca. Cuando quiere atraparme, lanza su Chispa Hipnótica, un destello que convierte cualquier notificación en una trampa mortal de tiempo. Si eso no funciona, libera su Niebla de Procrastinación, que se desliza por mi mente como un veneno suave, susurrando que deje todo para después. Y cuando ya caí, aparece su peor arma: el Eco de Culpa, una voz que se arrastra por mi cabeza repitiendo que fallé, que perdí el día, que él ganó. El Enredaluz me hace actuar como un fantasma en mi propia casa: inmóvil, distraída, atrapada en un ciclo del que no puedo salir. Pero hay formas de debilitarlo. Un solo minuto de acción —la Luz del Minuto 1— lo quema como si fuera sol. Poner el celular en modo avió...

Foto encontrada en la calle

Imagen
 Foto encontrada en la calle  Cuando observo la fotografía de una nube con forma de corazón, lo primero que me invade es una sensación de extrañeza. No es común ver al cielo dibujar algo tan definido, tan simbólico y tan cargado de significado. Me pregunto qué estaba pasando en ese instante para que el viento, la humedad y la luz coincidieran de esa manera tan precisa. ¿Por qué justo ese día apareció una figura tan perfecta, justo cuando alguien decidió levantar la cámara y capturarla? Es inevitable cuestionarse si todo fue simple casualidad o si, de algún modo, esta nube representa algo más profundo. A veces pensamos que solo estamos frente a un fenómeno natural, producto del azar, pero hay imágenes que parecen romper las explicaciones simples. Esta nube, en particular, obliga a detenerse, a mirar dos veces, a preguntarse qué explicación tiene que adopte la forma universal del corazón, un símbolo que reconocemos sin esfuerzo. Tal vez su verdadero sentido no está en la nube, s...

PREMISA

 Vuelo hacia la libertad  El avión despegó puntual, pero Esteban sentía que su vida llevaba años retrasada. Miró por la ventanilla: las nubes se alzaban blancas, inalcanzables, tan libres como él soñaba ser. Tenía 43 años y una vida perfectamente construida… y perfectamente vacía.  Viajaba a Bogotá para firmar su divorcio, un trámite más, otra firma sobre una existencia que no sentía suya. Mariana, su esposa, le había dicho por teléfono: “Hazlo rápido, tengo una cena esta noche”. Ni siquiera su separación merecía emoción.  En el asiento de al lado, una mujer leía una revista. Delante, un niño jugaba con un avión de juguete. Esteban lo observó y sonrió con amargura: ¿En qué momento dejé de jugar?  De pronto, una idea absurda lo invadió: ¿Y si simplemente desapareciera? El pensamiento creció como tormenta. Se levantó, caminó hacia la cabina y, con una voz que no parecía la suya, gritó: —¡No quiero hacer daño a nadie! Solo… quiero estar en paz.  El caos se des...

Mi trayectoria con la escritura

 Desde que era niña la escritura ha estado presente en mi vida, aunque no siempre de forma constante. Recuerdo que me encantaba escribir cartas a mis seres queridos, porque sentía que en las palabras podía transmitir cariño y cercanía. Con el tiempo, esa costumbre no desapareció del todo; aún hoy, de vez en cuando, me nace escribirle a alguien especial o dejar plasmado un recuerdo en palabras para que no se pierda. Uno de mis lenguajes del amor son las palabras de afirmación, y quizás por eso escribir es para mí una manera de dar y recibir amor. También he descubierto que cuando me siento desanimada o triste, escribir me ayuda a soltar lo que llevo dentro y a encontrar un poco de calma. La escritura no es algo que haga todos los días, pero siempre ha sido una parte de mí. Es ese espacio al que regreso cuando necesito expresarme, conectar con los demás o simplemente recordar que mis sentimientos también pueden volverse letras.