RELATO MIEDO DE INFANCIA

 De niña siempre tuve un miedo irracional: estaba convencida de que, al apagar la luz del pasillo, una figura oscura se quedaba allí quieta, mirándome desde el fondo. A medida que crecí, aprendí a llamarlo “imaginación”. Lo archivaba entre los temores absurdos de la infancia… hasta la noche en que regresó.

Todo comenzó con un golpe seco en la casa, un sonido hueco que retumbó como si algo hubiese caído. Era casi medianoche y yo estaba sola. Me levanté para revisar, intentando convencerme de que no era nada. Pero al salir al pasillo, la luz comenzó a parpadear con una lentitud inquietante, como si alguien tocara el interruptor desde dentro de la pared.

Entonces lo vi.

Una sombra alta, demasiado delgada para ser humana, se recortaba en el extremo del pasillo. No se movía. No respiraba. Solo estaba ahí, exactamente donde la imaginaba de niña. Y lo peor fue reconocer su silueta: idéntica a los dibujos que hacía cuando trataba de explicar mi miedo. Hombros caídos. Cuello largo. Un espacio vacío donde debería haber un rostro.

La sombra avanzó un paso. Yo retrocedí sin poder gritar. Corrí a mi habitación y cerré la puerta, pero algo empezó a raspar la madera con una paciencia insoportable, como si recordara mi existencia. Las luces de la casa se apagaron una por una, acercándose a mi habitación, hasta que solo quedó la oscuridad.

La manija comenzó a girar.

La puerta se abrió apenas, dejando entrar un frío que me cortó la respiración. La sombra entró sin sonido, sin cuerpo, como un vacío que caminaba. Tropecé hacia atrás y mi visión se nubló.

Cuando desperté, todo estaba iluminado. Todo parecía normal.

Pero desde esa noche, cada vez que apago la luz del pasillo, escucho ese mismo susurro detrás de mí:

—Ahora que me viste… ya no puedo irme.

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