PREMISA

 Vuelo hacia la libertad


 El avión despegó puntual, pero Esteban sentía que su vida llevaba años retrasada. Miró por la ventanilla: las nubes se alzaban blancas, inalcanzables, tan libres como él soñaba ser. Tenía 43 años y una vida perfectamente construida… y perfectamente vacía.

 Viajaba a Bogotá para firmar su divorcio, un trámite más, otra firma sobre una existencia que no sentía suya. Mariana, su esposa, le había dicho por teléfono: “Hazlo rápido, tengo una cena esta noche”. Ni siquiera su separación merecía emoción.

 En el asiento de al lado, una mujer leía una revista. Delante, un niño jugaba con un avión de juguete. Esteban lo observó y sonrió con amargura: ¿En qué momento dejé de jugar? 

De pronto, una idea absurda lo invadió: ¿Y si simplemente desapareciera? El pensamiento creció como tormenta. Se levantó, caminó hacia la cabina y, con una voz que no parecía la suya, gritó: —¡No quiero hacer daño a nadie! Solo… quiero estar en paz. 

El caos se desató. Pasajeros gritando, asistentes de vuelo intentando calmarlo,pilotos negociando. Pero en medio del ruido, Esteban se sintió extrañamente tranquilo. Por primera vez, todos lo escuchaban.

 Una psicóloga que viajaba entre los pasajeros se acercó con calma. —¿Qué es lo que realmente busca, Esteban? Él la miró con lágrimas contenidas. —Silencio. Solo silencio. 

Durante horas, habló con ella como nunca había hablado con nadie. Contó sobre su trabajo, su esposa, su ansiedad, su miedo a no ser nadie. Y comprendió, al final, que el secuestro no era del avión… sino de sí mismo. 

Cuando el avión aterrizó y lo esposaron, Esteban sonrió. —Por fin tomé una decisión solo por mí —dijo antes de ser llevado por los agentes. Meses después, en una celda fría, escribía su historia. La tituló “El vuelo hacia mí mismo”. No volvió a volar en avión, pero por primera vez, se sintió realmente libre

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